
Cada 11 de septiembre, Argentina celebra el Día del Maestro,
una fecha que busca reconocer la labor de quienes tienen la tarea de enseñar y
acompañar a las nuevas generaciones. La jornada fue elegida en homenaje al
fallecimiento del sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento, expresidente,
escritor, periodista y considerado el “Padre del aula”.
Para conocer distintas miradas sobre esta profesión, Telesol
Diario dialogó con tres mujeres que transitan diferentes etapas del camino
docente: Yamila Martínez, estudiante; Amira Uzair, maestra en ejercicio; y Ana
Lucía Martin, docente jubilada.
¿Qué lleva a una persona a elegir la docencia? ¿Qué cambia y
qué permanece con el paso de los años? ¿Cómo se transforma la escuela y qué
significa enseñar en la actualidad?
El sueño de enseñar y dejar una huella
Yamila Martínez cursa actualmente tercer año del Profesorado
de Educación Primaria, pero su acercamiento a la docencia empezó incluso antes
de entrar a la carrera.
“Comenzó cuando empecé a dar clases particulares y apoyo escolar a niños
de diferentes edades. En ese momento tuve algunos alumnos que necesitaban
acompañamiento específico, especialmente en procesos de alfabetización inicial,
y comencé a sentir que me faltaban herramientas para poder ayudarlos de la
manera que realmente necesitaban”, contó.
Ese camino la llevó a conocer el profesorado y tomar una decisión que significó un cambio importante en su vida:
dejó la carrera de Trabajo Social que estaba estudiando para comenzar su
formación docente.
“Fue un ‘acto de rebeldía’ en mi vida, porque fue una
decisión importante, pero hoy puedo decir que no me arrepiento. Actualmente
siento que estoy donde tengo que estar y que este es el camino que quiero
seguir”, expresó.
Durante su recorrido también hay una figura que permanece
especialmente presente: su maestra Sandra, quien la acompañó durante cuarto
grado en la Escuela Arturo Illia de Chimbas y se convirtió en un referente en
su formación profesional.
“La recuerdo con muchísimo cariño por su dulzura, su
calidez y, especialmente, por esa manera tan particular que tenía de enseñar a
través de los juegos. Hacía que aprender fuera algo cercano, divertido y
significativo”, recordó.
Hoy, mientras realiza sus prácticas, Yamila descubrió que
ser docente implica mucho más que llevar una planificación al aula.
“Es un desafío constante. Cada día dentro del
aula tiene su propia particularidad porque todo está en movimiento
permanentemente. Si hay algo que aprendí durante este tiempo es la importancia
de la flexibilidad”.
En ese sentido, remarcó que educar implica
afrontar situaciones que muchas veces exceden lo pedagógico y requieren
observar, escuchar y tomar decisiones.
“El rol docente implica un verdadero torbellino de
responsabilidades, no solamente pedagógicas, sino también vinculadas con la
vida cotidiana de los niños, porque estamos trabajando con personas, con
historias, emociones y realidades diferentes”, explicó.
Para la joven, además, la escuela actual presenta nuevos
desafíos vinculados con las nuevas generaciones. “Los niños de hoy tienen
acceso a una enorme cantidad de información con apenas un clic y crecen en un
contexto atravesado por la tecnología”, señaló.
Por eso, considera fundamental que quienes se preparan para
enseñar continúen formándose y puedan encontrar un equilibrio entre la teoría y
las situaciones concretas que aparecen dentro de las aulas.
Sobre su futuro como docente, entiende que la identidad
docente se construye con cada experiencia y con cada grupo de estudiantes. Sin
embargo, tiene claro qué clase de educadora quiere llegar a ser: una capaz de
propiciar espacios de aprendizaje significativos, donde los niños puedan
relacionar lo que aprenden con su propia cotidianidad, con sus experiencias y
con el mundo que los rodea.
“Quizás eso sea también lo que más me gustaría lograr,
que algún día un alumno pueda recordar mi paso por su vida con el mismo cariño
con el que yo recuerdo a mi seño Sandra. Sentir que, de alguna manera, pude
dejar una huella en su recorrido”.
La magia de acompañar los primeros pasos
Hace ocho años, Amira Uzair eligió la docencia como
profesión. Actualmente trabaja en la Escuela Comandante Cabot, en Capital, donde
está al frente de primer grado, una etapa en la que aprender suele estar
acompañado por grandes descubrimientos del mundo que nos rodea.
“Elegí ser maestra por una profunda vocación de acompañar
el aprendizaje en sus etapas más tempranas y por la convicción de que la
educación transforma realidades”, explicó.
Para ella, enseñar hoy significa asumir un rol que va mucho
más allá de la transmisión de contenidos.
“Significa alfabetizar en letras y números, pero también
en emociones, siendo un sostén afectivo y creando un espacio seguro para cada
niño y niña”, sostuvo.
En sus años frente a las aulas también pudo observar cómo
fueron cambiando las formas de enseñar y de vincularse con los estudiantes.
Entre los principales desafíos actuales, señaló la necesidad de “gestionar
la heterogeneidad del aula, enfrentamos el reto de captar la atención frente a
la hiperestimulación digital del entorno y la necesidad de afianzar una alianza
sólida con las familias en el proceso educativo”, manifestó.
Otro cambio significativo que observa radica en la manera de
vincularse con los estudiantes. Hoy, explica, ese vínculo se construye desde la
empatía y el diálogo, mientras que las estrategias pedagógicas incorporan
propuestas más dinámicas e integradas.
Sin embargo, hay algo que permanece inalterable: la esencia.
“El afecto como puente para el aprendizaje, la calidez de la presencia
humana y el asombro tan genuino cuando un estudiante comprende algo nuevo”,
expresó.
Y justamente allí encuentra la razón para abrazar la
docencia cada día.
“Lo que me hace elegir la profesión cada mañana es
presenciar la magia de los procesos. En primer grado, ver la cara de orgullo de
un chico cuando logra leer su primera palabra sin ayuda o la alegría cuando
resuelve un problema es único”.
Una vida de historias dentro del aula
Ana Lucía Martin ejerció la docencia durante 32 años. Gran
parte de su trayectoria transcurrió en escuelas rurales, aunque también trabajó
en instituciones como la Escuela Rivadavia Norte, ubicada en el departamento
Rivadavia.
Se jubiló en 2018, antes de la pandemia, pero los recuerdos
de sus años frente a las aulas permanecen intactos.
Eligió la profesión porque siempre le gustaron los niños,
especialmente los preadolescentes, y durante su trayectoria tuvo la posibilidad
de formar parte de comunidades educativas que recuerda con especial cariño.
“Siempre hubo unión entre maestros y padres que
acompañaban en la educación de sus hijos y se comprometían con las propuestas
educativas”, recordó.
Entre tantos años y experiencias, hubo momentos que quedaron
especialmente grabados en su memoria.
“Los mejores eran cuando uno, además de educar, se
convertía en confidente de los alumnos. Cuando la confianza y el respeto eran
mutuos”, relató.
Incluso después de su jubilación, ese vínculo continúa
presente. Hay exalumnos que todavía la recuerdan y se acercan a saludarla con
cariño. “Eso es muy gratificante”.
Al igual que otros docentes, para Ana Lucía, la escuela
atravesó grandes transformaciones durante las últimas décadas. Una de las más
evidentes tiene que ver con la incorporación de la tecnología, que pasó de
ocupar un lugar prácticamente inexistente a convertirse en una herramienta cotidiana
dentro de las aulas.
“Quizás no estén muy de acuerdo con mi manera de pensar,
pero en algunos casos tiene más importancia un celular que una conversación en
vivo”, manifestó.
Ante esto, remarcó que la educación logró avances, pero
todavía queda mucho por hacer. La escuela, sostiene, necesita evolucionar
constantemente para responder a las nuevas realidades; y, como docentes, es
importante que exista un compromiso que vaya más allá de enseñar contenidos y
que permita acompañar a los estudiantes en cada etapa de su crecimiento.
“Sería bueno que vuelvan a ser maestros y maestras con
vocación y servicio y no solo por un medio económico para recibir un sueldo. En
esta sociedad hay que involucrarse más con la educación, creo que así podría
mejorar un poco el mundo”.
Tres mujeres. Tres momentos diferentes de una misma
profesión. Sus historias muestran que, aunque pase el tiempo y las escuelas
cambien, en la vocación radica la esencia de la docencia: enseñar para que
otros puedan crecer, pero también aprender de quienes pasan por nuestras aulas.