Federico González: “O nos desarrollamos o vamos a seguir siendo pobres”

Federico González: “O nos desarrollamos o vamos a seguir siendo pobres”

 Federico González es un
psicólogo, profesor universitario, investigador y consultor político argentino
que se lanzó como candidato a presidente para las elecciones de 2027
bajo su propio espacio, el Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI. No
es una figura con larga trayectoria en cargos públicos, sino un analista
político que pasó de asesorar y encuestar a competir electoralmente. El candidato
nació en 1957 en la Ciudad de Buenos Aires, aunque se crió en Mar del Plata; se
describe como “marplatense trasplantado a la gran metrópoli”. Es licenciado
en Psicología y ejerce como profesor en la Facultad de Psicología de la UBA
desde 1984. Trabajó como becario del CONICET en el Centro
Interdisciplinario de Investigaciones en Psicología Matemática y Experimental
(CIIPME), y dirige una maestría en psicología organizacional en la Universidad
Abierta Interamericana.

¿Cómo nace su
precandidatura a la presidencia de la Nación y qué lo motivó a dar este paso?

Esto ya tiene historia porque
empezó el 5 de noviembre del año pasado; es una decisión más existencial que
política. Es el llamado de la vocación, del sentido de propósito y del deber.
Yo he trabajado mucho como analista político y como consultor político, pero me
cansé, como analista, de ser comentarista y, como consultor, de trabajar para
otro diciéndole lo que a mí me parecía que había que hacer. Veo mal al país y
creo que habría un camino que plantear; tengo un proyecto de país y este año
escribí un libro sobre desarrollismo junto con Gustavo Reija, que es mi
referente en materia económica. Siempre tuve una mente desarrollista. A mí me
preocupa este país porque viví otro país con otra calidad de vida, con menos
pobreza y con más posibilidades. Me duele lo que podríamos haber sido y lo que
somos, y cuántos quedaron del lado del sufrimiento en esa diferencia. Me dije a
mí mismo que es ahora o nunca, porque no tengo tiempo para perder.

Usted plantea el
desarrollismo como eje central. ¿En qué consiste esta propuesta y qué
transformaciones considera necesarias?

 El desarrollismo fue un camino exitoso en su
momento porque se logró el autoabastecimiento petrolero a fines de los años 50
y en los 60. Era un país que fabricaba aviones, barcos, tenía varias fábricas
de autos y donde la clase media estaba en su apogeo. Sé lo que era ese país y
no tiene nada que ver con lo que es ahora.

Para mí el versus principal es
pobreza o desarrollo: o nos desarrollamos o vamos a seguir siendo pobres.
Propongo hacer una serie de revoluciones concatenadas: una educativa, otra
científico-tecnológica, otra del emprendedurismo, otra industrial y otra de la
organización del trabajo. Desde la escuela tenemos que forjar mentalidades
empresarias y generar un ejército de inventores, emprendedores y proyectistas
con vocación de hacer inventos, patentes o startups en cada rincón del país.

Hay que aceitar el sistema
científico-tecnológico, hacerlo federal y articularlo con el sistema educativo
para crear micropolos de desarrollo, multiplicando por 50 o por 100 estructuras
virtuosas como las de Tandil o el Instituto Balseiro. El desarrollismo es un
humanismo y hay que terminar con la pobreza enquistada en el conurbano
bonaerense, Rosario, Mar del Plata y las provincias del norte, transformando la
marginalidad en dignidad con un Estado presente que invierta.

¿Cuál es su análisis sobre
la gestión actual del gobierno de Javier Milei?

A este gobierno hay que
tomárselo literalmente: el único instrumento que tiene es una motosierra para
cortar y achicar, y el achique es degradación. Genera un efecto boomerang con
menos empresas, menos trabajo, menos recaudación y más déficit; es la serpiente
que se muerde la cola creyéndose virtuosa.

Milei no entiende el
pensamiento sistémico ni las causalidades sistémicas, y cuando no se entienden,
se hace un desastre. Creo que hizo un industricidio y un
«argentinicidio». Considero que va a terminar mal o va a llegar al
fin de su mandato a los tumbos y con sobresaltos, porque es insostenible y
además el presidente es un negador serial de lo evidente.

¿Cómo ve el papel que está
desempeñando la oposición?

Tenemos un presidente loco y
una oposición loca. El presidente tiene un complejo de inferioridad que
transforma un mandato en un culto ególatra antiguo que rompe vínculos
armoniosos como el que teníamos con Brasil. La oposición tiene un problema de
identidad y de liderazgo; no sabe quién es ni hacia dónde va.

Hay dos clases de políticos:
los que tienen claro que quieren un lugar y los que van viendo si los astros se
acomodan. La vida muestra que hay veces que hay que jugársela, si no no se
consigue nada.

¿Ha tenido la oportunidad
de recorrer las provincias en este período preelectoral? Todavía no he
tenido oportunidad, es una asignatura pendiente. Estoy terminando de
reconfigurar algunos aspectos internos y en el verano voy a empezar a recorrer
las provincias.

¿Cómo evalúa a la minería
como motor de desarrollo y cuál debe ser la relación entre el gobierno nacional
y las provincias?

 La minería es un factor necesario y
fundamental, aunque no suficiente. Tenemos una Argentina agrícola-ganadera, de
gas y petróleo, y minera, pero también tenemos el capital
científico-tecnológico y el marítimo. La minería es fundamental.

Un presidente tiene que pensar
que cada provincia es fundamental. No se puede gobernar desde Buenos Aires como
si fuera el ombligo del mundo cuando la riqueza está en las provincias. Hay que
hacer una revolución federal en serio y dejarse de joder con el egocentrismo
porteño que ha atravesado toda nuestra historia. La Constitución dice que somos
un país federal y hay que poner a la política a la altura de lo que dice la
Constitución.

¿Con qué estructura
partidaria impulsará su candidatura presidencial?

Nosotros no tenemos tiempo de
formar un partido propio, pero sí tenemos cuatro o cinco propuestas de partidos
de nivel nacional que nos quieren acompañar. Lo más probable es que hagamos una
alianza o un frente partidario con por lo menos dos o tres partidos. Todavía no
está definido, y como dice el dicho, los pollitos hay que contarlos cuando
están en el corral