
Por Sergio Andrada
Diego se acomoda las antiparras y el gorro. Respira profundo, exhala y por un segundo cierra los ojos. Pasan un montón de imágenes de su vida. Tiene 16 años, pero los últimos once, marcados por una agitada historia, lo llevaron a un mundo que no es para cualquiera.
La señal de largada se escucha fuerte. Abre los ojos y mira hacia adelante. Una pileta larga lo espera. Su especialidad es crol. De reojo mira a sus costados y sabe que tiene competidores que buscan lo mismo. Suena la señal y se lanza al agua…
Gabriela está en casa y, una vez más, recibe un llamado de la escuela. Es del jardín donde por la mañana quedó Diego. «Está nuevamente con vómitos, muy decaído».
Los estudios salen bien, pero la mamá no se queda con eso. Busca una segunda opinión y encuentra en el doctor Rodolfo Fasoli una respuesta que cambiaría la vida de toda la familia. Después de un diagnóstico exhaustivo y una resonancia magnética, llega la noticia que los paraliza: «Diego tiene un tumor en el cerebro y hay que operar urgente».

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Diego tuvo un buen arranque en la pileta de Mar del Plata, en los Juegos Evita. Está quinto, pero apenas son los primeros metros. Se lo ve ejecutar muy bien los movimientos. A mitad de la pileta ya está cuarto.
Diego no sabe cuál es su posición. Solo nada, pone el corazón y algo más. Esta es una más de sus batallas…
Sin tiempo para lamentos, la familia se moviliza. El propio doctor Fasoli los contacta con el neurólogo Ricardo Berjano. Viajar al Garrahan es una opción válida, pero la urgencia amerita una acción rápida. El mismo Berjano arma un equipo de trabajo y, en menos de una semana, la operación tiene fecha: 31 de mayo de 2011.
Diego ingresa al quirófano a las 6 de la mañana, con apenas cinco años y un pronóstico que no era fácil de explicar ni de resolver.
A las 10, su corazón se detiene. El intenso trabajo del equipo médico permite recuperarlo. No fue la única vez. Dos veces más se repitió la misma situación.
Un equipo del INCUCAI llegó al hospital porque había sido alertado ante la posibilidad de una donación de órganos que pudieran servir para otros niños.
Pero el corazón de Diego tenía ganas de seguir latiendo y salió adelante…

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La cabeza de Diego emerge del agua. Su braceo es bueno y alcanza a ver que la pared está cerca para emprender el regreso. El movimiento debe ser perfecto para no perder tiempo y volver al punto de partida.
El lado izquierdo del cuerpo de Diego tiene poca movilidad, por eso el movimiento resulta más complicado. Pero, casi sin darse cuenta, ya está tercero. ¿Será complicado el movimiento? ¿Saldrá bien? ¿Podrá mantener esa posición?…
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Después de diez horas en el quirófano, Diego sale y es trasladado a Terapia Intensiva para recibir mayores cuidados. Siete días después ya tiene el alta médica.
Lo que viene por delante no es sencillo. Una familia humilde de Albardón, como los Puerta, con papá Diego, camionero, y sus hermanas Belén y Paula estudiando Medicina y Contabilidad en La Rioja, con Ramiro de 3 años debe afrontar un futuro nada sencillo.
La hemiplejia es una de las secuelas que deja el tumor y su extracción. La recuperación no será fácil y los resultados dependerán de la disciplina y la constancia en el trabajo de kinesiólogos y neurólogos.
Las albardoneras Patricia González y Verónica Martín se ponen al frente de la recuperación, con tareas en doble turno. A eso se suma un problema de visión que comienza a perderse progresivamente y que necesita de un exhaustivo control y atención.

Al equipo se suman una fonoaudióloga, la oftalmóloga Carlota Lon y la fisiatra Virginia Carmona. Las exigencias crecen al mismo tiempo que los resultados comienzan a mostrar mejorías.
Diego se convierte en un buen alumno de primaria de la escuela Vicecomodoro Marambio, en Albardón. Termina esa etapa con buenas notas y decide continuar la secundaria en el mismo establecimiento.
Pero había más desafíos. Diego quería y entendía que podía dar más.
«Nos dijo al terminar tercero que quería ir a otra escuela porque quería nuevos desafíos y empezó cuarto año en la escuela Toribio de Luzuriaga, en la especialidad Naturales. De caminar una cuadra debió pasar a una bicicleta y tomarse al menos 20 minutos para llegar al nuevo colegio. Todo lo que generan los cambios y, sobre todo, el desafío de no tener la movilidad completa en todo su cuerpo. Pero allá fue y lo enfrentó». cuenta mama Gabriela.

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El movimiento sale perfecto. Tanto que sus piernas y el impulso le permiten avanzar hasta los últimos 50 metros de la pileta. Recién entonces Diego se da cuenta de que ya no está tercero: ahora es el escolta del líder, que le lleva un cuerpo de ventaja.
Bracea con intensidad. Sus piernas logran un movimiento coordinado con la respiración y eso le permite acortar la distancia con el puntero. Quedan casi 15 metros por recorrer para meterse entre los clasificados a semifinales…
Por el tratamiento fisiokinésico, la natación fue el deporte que le recomendaron a la familia para que practicara Diego. Así, a los nueve años empezó a nadar. Si bien el proceso tuvo sus vaivenes porque los tiempos no siempre lo permitían, fue perfeccionándose. Sin embargo, la importancia de las tareas fisiokinésicas lo obligó a dejar la actividad.
Al llegar a cuarto año, en Educación Física, Diego se encontró con el profesor Daniel Mallea. Conoció su historia de vida, de lucha y resiliencia, y este año lo llevó a competir en los Juegos Evita, pero en atletismo adaptado. Ganó una medalla, aunque también tuvo derrotas que no le permitieron clasificar.

Sin embargo, eso no fue un obstáculo. En agosto, Diego recibió un llamado con una propuesta: «Si quería ser parte del equipo de natación adaptada de San Juan que participaría en los Juegos Evita Nacionales».
El desafío era grande. No solo desde lo físico, teniendo en cuenta las condiciones que debía afrontar, sino también por el traslado desde Albardón hasta el Centro Deportivo Los Almendros. Una hora de viaje y el costo de un remís no fueron impedimento. En apenas un mes de entrenamiento, su cuerpo recuperó la memoria y sus estilos libre y espalda comenzaron a entregar tiempos alentadores.
La fisiatra seguía adelante con el tratamiento. El botox que le aplicaban en distintas partes del cuerpo ya podía soportarlo sin necesidad de ser dormido. El dolor era grande, pero los resultados eran cada vez mejores…
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Diego recorre los últimos metros y la meta está cerca. Tiene al líder a la vista y está a punto de superarlo. La coordinación y la precisión de cada movimiento lo llevan a quedar primero. Solo faltan cinco braceadas y su mano izquierda, casi paradójicamente y como una deuda de la vida saldada, toca la pared final.
¡Diego ganó su serie y clasificó a las semifinales de los Juegos Evita en la especialidad!

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Los aplausos suenan en el Centro de Convenciones. Diego toma el micrófono que le entrega su profesor Mallea, quien lo llevó a participar del Congreso de Inclusión para que cuente en primera persona su historia.
Con cierta timidez, pero con la fortaleza de un luchador, Diego cuenta su vida, sus obstáculos y deja un mensaje:
«Es muy importante encontrarse con personas con valores, respeto y empatía que nos miren sin lástima. No miren lo que nos hace falta, no se queden con la dificultad. Yo elijo siempre superarme con esta mitad que la tengo llena de fuerza. Espero que cada día de ustedes encuentren la suya. Mamá, esta mitad llena de fuerza te la debo eternamente a vos. Te amo».
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Diego sale de la pileta con una sonrisa de oreja a oreja. Lo abraza su profesor y celebra el pase a semifinales.
Esa será una historia para el miércoles, en Mar del Plata. Sin saber cómo terminará, si podrá llegar a la final. Son preguntas que el tiempo se encargará de responder.
De lo que sí está seguro Diego es de que seguirá intentándolo. Porque ese corazón que se detuvo tres veces cuando tenía cinco años, en un quirófano, todavía late. Y lo hace con tanta fuerza que lo moviliza por completo, sin importar que la mitad de su cuerpo no responda.