
Hay personas que viven atrapadas en una especie de prisión emocional: la de los recuerdos dolientes y las expectativas sobre los demás. Están enfocados en lo que «les hicieron», en cómo «deberían actuar los otros», o en lo que «tendrían que haber hecho diferente». En lugar de vivir su propia vida, se convierten en jueces de la vida ajena. Pero esta mirada, aunque parece lógica en un primer momento, encierra una trampa: te aleja de tu poder personal y te mantiene en un lugar de víctima o de superioridad que impide el cambio real.
Como decía Viktor Frankl, psiquiatra y sobreviviente del Holocausto:
«Cuando ya no podemos cambiar una situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos.»
Volver una y otra vez a lo que otros dijeron o hicieron es una forma de sostener una narrativa que impide avanzar. Por ejemplo, María, una mujer que acompañé en un proceso de coaching, pasaba gran parte de su energía mental recordando cómo su madre no la apoyó en su juventud. Esa herida era real, pero lo más doloroso era que hoy, a sus 45 años, aún definía sus decisiones y vínculos desde ese lugar. Cuando pudo reconocer que su historia no la condenaba, sino que le ofrecía una oportunidad de resignificación, empezó a sanar.
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