
Hay sueños que nacen arriba de un podio. Otros, en cambio, comienzan mucho antes, en silencio, detrás de un alambrado y con la mirada fija en aquello que parece inalcanzable.
La historia de Pablo Cañizare pertenece a ese segundo grupo.
Mucho antes de convertirse en uno de los nombres que empieza a llamar la atención dentro del karting cuyano, Pablo era simplemente un chico que acompañaba a su padre a la pista de Rawson. Mientras otros corrían, él observaba. Mientras los motores rugían sobre el asfalto, esperaba paciente su oportunidad.
No tenía la edad requerida. Tampoco la altura suficiente para subirse a un karting. Entonces se resignaba a mirar desde un costado. Pero cada tarde en el circuito alimentaba un sueño que crecía en silencio.
Ese día finalmente llegó.
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