
Era una noche más en Niceto Club, ese templo del under donde las luces bajas y el sudor pegajoso suelen ser testigos de rituales rockeros.
Maxi Trusso, con su pelo revuelto y su voz de crooner enloquecido, estaba en pleno éxtasis sobre el escenario. Hasta que, de pronto, soltó el micrófono y se lanzó al vacío.
El público, distraído o simplemente desconcertado, no reaccionó a tiempo. Nadie extendió los brazos. Nadie lo sostuvo.
El cuerpo de Trusso describió una parábola breve y brutal antes de estrellarse contra el piso. El sonido seco del impacto cortó la música. Por un segundo, el silencio se adueñó del lugar.
« — Para ver la nota completa, ingrese a la url de la nota — »