José Carlos Rufino, el hombre que le puso alma al ciclismo de San Juan
José Carlos Rufino no inventó el ciclismo. Pero para varias generaciones de sanjuaninos, el ciclismo siempre estuvo ahí donde estaba «El Negro». Como si las bicicletas comenzaran a rodar recién cuando su voz rompía el silencio de una mañana de ruta, de una tarde calurosa o de una llegada cargada de emoción.
Porque el ciclismo en San Juan no se entiende solamente desde los corredores. También se entiende desde esas voces que acompañan el sacrificio, que narran la gloria y que transforman una fuga en una historia inolvidable. Y entre todas esas voces, la de José Carlos Rufino fue única. Inconfundible. Eterna.
Siempre impecable, de punta en blanco, con un cuaderno gastado entre las manos y una lapicera lista para anotar hasta el más mínimo detalle, «El Negro» sabía cosas que nadie más sabía. Conocía a los ciclistas por su forma de correr, pero también por sus sueños, sus dolores, sus alegrías y sus silencios. Bastaba apenas un movimiento de piernas, una manera de levantarse del sillín, para que él adivinara una fuga antes que todos. Y entonces comenzaba la magia.
Su relato no solo contaba una carrera. Contaba vidas.
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