Jorge Delgado volvió a dirigir este domingo luego de haber estado casi tres meses internado en Buenos Aires. A la espera de un transplante de higado encuentra en el hockey para seguir peleando.Editar epigrafeEditar embed
Hay personas que no necesitan presentación. No porque falten palabras, sino porque sobran historias. Jorge Delgado es una de ellas. Un nombre que en el hockey sobre césped no se pronuncia: se siente. Se escucha en cada indicación, en cada grito agudo que atraviesa el viento de la cancha, en cada abrazo que levanta a quien cree que ya no puede más.
Pero antes de ser entrenador, antes de ser guía, Jorge fue un pibe de 16 años que descubrió algo que le cambiaría la vida para siempre. En Alfiles, Punta de Rieles jugaba al rugby, con la guinda como compañera.
A pocas cuadras, en Loma Negra, una chica llamada Luisa corría detrás de una bocha. Ese encuentro no solo marcó el inicio de una historia de amor. Fue el punto de partida de una transformación. Jorge dejó la guinda. Eligió el palo. Eligió quedarse. Eligió amar… y enseñar.
Desde entonces, su vida fue una cancha. Inferiores, primera, mamis. No hubo categoría que no tocara, ni jugadora que no encontrara en él algo más que un entrenador. Porque Jorge no enseña solo hockey. Enseña a levantarse. A insistir. A creer cuando todo parece perdido.
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